Lavalle, tierra de huarpes y algarrobos, de desierto e inmensos médanos que se escabullen entre los dedos, cultura y naturaleza primigenia se resguardan en este lugar que atesora huellas de la historia de todos. 

Los Altos Limpios, a unos 170 km de la Ciudad de Mendoza, son una serie de médanos del monte lavallino; un capricho del viento que va cambiando su fisonomía a su antojo. Se encuentran a 2 km de la reserva Bosques Telteca y, como ocurre con muchas otras maravillas de la provincia, pocos mendocinos conocen la belleza y valor de ambos. 

Sucumbir al baño de luz plateada que todo lo tiñe de noche. Respirar. Reconectarse con la naturaleza primitiva que invade los sentidos. Dejarse acariciar por un aire limpio que se lleva la pesadumbre citadina.

Silencio, aromas de un paisaje que envuelve y se ofrece generoso, de majestuosas arenas recubiertas de estrellas que otras luces, de otros cielos, no dejan ver.

Es lo que se vive en Los Altos Limpios, en Lavalle, una noche de luna llena. Una visita guiada a este lugar que permanece ajeno al transcurso del tiempo, deja un recuerdo seguramente imborrable. 

Cambiar la energía, una experiencia nueva, trekking con el particular encanto de la nocturnidad que invita a descubrir sus grises fueron las motivaciones que reunieron a esos desconocidos para conectarlos desde la individualidad en una vivencia colectiva. 

El guía  acompaña el grupo por algunos senderos del lugar para mostrar viviendas, artefactos, corrales de la comunidad originaria que tenía como recurso fundamental al algarrobo.

Como muestra invaluable de ello la reserva resguarda el único bosque natural mendocino de ejemplares que alcanzan los 18 metros y que -según contó el hombre- tres personas unidas no alcanzan para abrazar sus troncos.

Viviendas de quincha, una cocina con “mínimo y máximo” y recetas con las plantas del árido suelo, son algunas de las costumbres que aún hoy algunos lugareños conservan y dan muestras de su capacidad de adaptación a un medio hostil. 

Sobre la arena, los guías habían dibujado un sendero imaginario con antorchas a ambos lados que dieron más belleza a un paisaje que ya por sí mismo era un espectáculo, gracias a la claridad de la Luna que desde lo alto lo delineaba con luces y sombras. 

Desde abajo, la inclinación del médano parecía advertir que no sería tarea fácil, pero la arena siempre se amolda para facilitar el ascenso y las huellas la transforman en “olas”. Una vez arriba… la paz es total. Una mirada a los alrededores y el recuerdo quedó grabado a fuego en la retina.

Los guías invitaron a sentarse o acostarse en silencio sobre la arena.

La consigna era la introspección, ir hacia adentro (o hacia fuera), descargando pesares y recargando energía… lo que cada uno sintiera en ese momento. Una quena y una guitarra inundaron el ambiente de música andina. 

Cerca de las 3 de la mañana, la actividad se dio por terminada. Lentamente, todos empezaron el descenso llevándose consigo una hermosa experiencia.

Atrás quedaron los médanos, no tan dorados sino teñidos de luna, con una fisonomía que sólo permanecerá guardada en su memoria y en las miles de fotos que se sacaron. Es que aunque regresen algún día, los montículos ya no serán los mismos y volverán a sorprenderlos.

Los guardaparques también hicieron otra recomendación: “Está bueno que no griten porque eso les va a permitir disfrutar con todos los sentidos”. Alertaron sobre la fauna, que preocupaba a más de uno: la mayoría son animales de hábitos nocturnos y suelen huir del ser humano, a excepción de las serpientes. Con lo cual no quedaba más que contar con la suerte de nuestro lado.

 

Una experiencia sensorial para no perdérsela, te invitamos a realizarla con nosotros!

 

Fuente: Los Andes