El origen de la vid en América está muy ligado a la labor espiritual ya que los evangelizadores necesitaban del vino para celebrar la misa.

Como la importación de vino era dificultosa, junto a cada capilla que se levantaba, los conquistadores preparaban un parral y un huerto que serviría para abastecer sus necesidades alimenticias. Los nobles parrales ayudaban también a combatir los calores en las capillas solitarias. Las uvas no sólo servían para preparar el vino sino que eran consumidas frescas y constituían un nutritivo alimento.

Para algunos investigadores, la llegada de la primera cepa a Mendoza es diez años anterior a la fundación (1561), siendo su iniciador Francisco de Villagra, llegado desde Santiago de Chile.

Para otros, la primera cepa provenía de Santiago del Estero, cuyos viñedos datan de 1553. Así, la actividad se remontaría a 1556, cuando el sacerdote Juan Cedrón —junto a Juan Jofré, luego gobernador de Cuyo— planta las primeras vides.

Lo que pocos discuten es que la elaboración de vino estuvo originalmente vinculada a la liturgia del catolicismo más que a una actividad comercial y, por ello, encuentra en las órdenes religiosas a sus primeros hacedores. Los jesuitas distinguían a los vinos cuyanos (Mendoza y San Juan) por ser “muy generosos y fuertes, capaces de soportar grandes viajes sin corromperse”. Además, otro aspecto fundamental es que el vino y las pasas de uvas, como alimento calórico, eran un alimento básico en la dieta mediterránea, particularmente para los soldados.

 

La historia de la Vitivinicultura en Mendoza

Muchos años más tarde, a instancias de Faustino Sarmiento, el gobernador Pedro Pascual Segura contrata al agrónomo francés Michel Aimé Pouget, quien se radica en 1853 y planta variedades de uva originarias de su país natal, como Malbec, Cabernet, Merlot, Semillon, Sauvignon y Chardonnay, entre otras.

Hacia 1880, Tiburcio Benegas desarrolló 250 hectáreas de viñedos de primer nivel y creó una bodega modelo: “El Trapiche”. Comenzaba así el despegue.

En 1885, el ferrocarril a Buenos Aires desató en Mendoza una fiebre productora. Algunas bodegas llegaron a tener su propia estación.

Desde entonces –y merced a la crisis de la producción cerealera y el comercio ganadero, incapaces de competir con la Pampa Húmeda— se desarrolla la vitivinicultura a escala industrial, contando con la inmigración europea que aporta mano de obra calificada, transformación técnica y un mercado local consumidor.

 

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