La belleza puede explicarse no sólo por la armonía que se puede encontrar en las cosas sino también por la pasión que le ponemos a nuestros sentidos cuando los aplicamos a esas cosas. Esa llama no se enciende sólo con los objetos artísticos: una comida, una bebida, una escena mínima o un paisaje son capaces de despertar ese impulso.

¿Qué sucede cuando todo eso se junta, cuando el arte, la gastronomía y el fervor se confunden y ya no es posible distinguir la forma y el fondo? Sucede un otoño en Mendoza.

El otoño en Mendoza allí te ofrece esa felicidad inalcanzable que sólo es posible encontrar en las cosas leves o profundas, pero siempre imperecederas: una sinfonía, una copa de vino, la transparencia del aire, un cuadro, la sencilla fragancia de un ramo de albahaca. Hay y habrá siempre allí un otoño en Mendoza como ningún otro que grita su color en las alamedas amarillas que rodean los verdes viñedos de la cosecha tardía. Hay y habrá siempre allí una excepcional claridad otoñal, una luz que penetra en el paisaje cercano y se extiende hacia la Cordillera de picos nevados. Hay y habrá siempre en Mendoza el vino que nadie niega, el líquido púrpura o ámbar que te instala en un eterno presente mientras el viajero camina hacia el futuro.

Ese otoño en Mendoza es apto para los materialistas profundos y también para los viajeros espirituales, porque un paseo por el Valle de Uco en otoño es una travesía por los sentidos, pero también una forma de conocimiento. A principios de abril, acontece allí un festival de música clásica que recorre los caminos del vino. El registro de todo eso es inolvidable. Puede suceder un concierto con temas de Maurice Ravel que una violinista y una cellista rusas interpretan en el subsuelo de la fantástica bodega Diamandes. La visión de la Cordillera desde el restaurante de la bodega Salentein y su bello museo de pinturas. Los langostinos crocantes con palta y gazpacho de tomates orgánicos acompañados por un Tapiz Malbec Reserva en el restó “Terruño” de la bodega Tapiz en Maipú. El tallo de una copa alzada que refleja los tonos y la leve espuma púrpura de un Zuccardi Q Cabernet Sauvignon. Los racimos de uva malbec iluminados por la luz del sol del mediodía en cualquier viñedo mendocino.

Cada una de estas cosas puede despertar al espíritu más dormido si se pone pasión en ello. Porque el otoño en Mendoza desnuda lo externo y lo íntimo de la naturaleza, pero a la vez revela algo esencial: nuestra propia naturaleza.

disfrutando el otoño en Mendoza

disfrutando el otoño en Mendoza

Fuente: Clarín, Juan Bedoian

 

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